domingo 21 de junio de 2009

New York, New York

Perdimos el avión que nos llevaba a Nueva York, pero poco importa eso en el país de las oportunidades: todo puedes comprarlo, unos poquitos dólares más, un ratito en la "stand by list" y pronto otro avión está preparado. Y una vez en Nueva York el transporte tampoco es problema, pues las calzadas de las calles están teñidas del amarillo de los taxis. Diría que casi tocábamos a uno por persona.

Si he de ser sincera, iba con miedo. En mis sueños Nueva York era inmensa, grandiosa, devoradora. Imaginaba que con mi poco más de metro y medio sería una enana cuando estuviera allí... Y entonces me pasó como a Mecano: "Ya estoy en Nueva York y no le veo buen color".

Pobrecita Estatua de La Libertad, yo que creía que era dueña y señora de Manhattan y es sólo una niña que tiene que levantar la antorcha de su mano para que la vean. Y qué decir de Times Square... mucho anuncio, mucho movimiento pero, ¿no lo tienen también las ferias? Nueva York es grande, sí, pero abarcable, y yo no soy tan pequeña, aunque alguno lo piense.

No es que no me gustara Nueva York, tenía rincones mágicos: el puente de Brooklyn tan inmenso alzado sobre el mar, el encanto del soho, el aire de Central Park, el glamour de la Quinta Avenida... Me gustó su diversidad y su vida, pero se me cayeron los mitos, lo cual no está nada mal. Vi Nueva York y me sentí parte de ella. Me gusta.

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