Hace tiempo que no escribo aquí, igual que hace tiempo que no escucho música en el metro. Esta mañana me dije 'hoy sí', me puse los auriculares y escuché lo primero que apareció... Y volví a sentir esa sensación de flotar entre la gente, de cuando te cantan al oído, de oír palabras que sólo escuchas tú, del estremecimiento que provocan los susurros (no sonó precisamente heavy, sino la voz de Ismael Serrano); me invadieron las ganas de danzar según se iban siguiendo las notas, tuve que resistirme para no balancearme sobre mis pies. Y, como no me podía aguantar más, para poder dar rienda suelta a los sentimientos, cerré los ojos... y así hice en mi imaginación lo que el cuerpo me pedía: ondear, deslizarme, acariciar, estremecerme. Con la sensibilidad abandonándome a través de los poros de mi piel...
Pero mi estación llegó, demasiado pronto, como siempre que se está a gusto, y con ella el desprendimiento de la música y su consiguiente sensación de vulnerabilidad. Creo que por esto he estado un tiempo resistiéndome a escuchar música en el metro, dejando al mp3 pudrirse en el bolso: por sentirme incapaz de desconectar para volver a lo mundano, y es que ya estaba yo demasiado desconectada ultimamente como para avivar mi estado con dosis de intimismo. Hoy escuché música en el metro y hoy escribo. Sentirme ya no me hace tanto daño.
Cosas que son de marica
Hace 2 meses

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